Habitamos tiempos femeninos, el arco esta tenso, la flecha fue lanzada. La invasión de lo nuevo es inevitable, el regreso de la mujer estaba anunciado. La liberad es el rió, el cauce. El cuerpo femenino, obstinado lugar sagrado capaz de inducir altos vuelos, deja de tragarse miedos, naufragar principios y embriagar soledades. Esa niebla se llama mujer despierta, portando la espada de su poder y el escudo de su sensibilidad, sin mas limites que su propia sed de trascendencia. Es una venganza, es ocupar el sitio que le corresponde, en los escombros del tiempo que ya fue, y el amanecer de otro pachacuti, llameante escenario renovado que fluye a contracorriente, ceñido a los limites marcados por la mas rigurosa libertad, dispuesta a retorcer lo convencional y degollar rigideces y falacias. El retorno de lo femenino es la consecuencia de lo carcomido de una civilización que precisa cada vez mas cárceles, mas manicomios, mas policías, mas drogas y mas armas para hacer soportable lo insoportable.

Janajpacha nació para ser una experiencia fundamentalmente femenina, sin paredes ni miedos, sin normas, solo con principios y consciencia. No es necesario encorsetar al viento ni darle horario a la lluvia, no es posible encerrar en una caja al arco iris ni postergar el otoño. Húmedas son las mejillas de la desesperanza, ninguna mujer nació para pasarse la vida contabilizando cicatrices en desesperada espera de lo que no llega. La libertad es el personaje favorito en Janajpacha, un abanico de oportunidades para que la mujer sea ella misma, pero lo mejor de ella, delicada y fuerte, calculadora y espontanea, rigurosa y festiva, protectora y sensual, inocente y atrevida, todo al mismo tiempo, como tormenta continuada por el sol y las flores. Eso es Janajpacha, la primera experiencia comunitaria de carácter matriarcal. El hombre que no confía en la mujer, no es confiable.

Janajpacha es una zona donde la mujer recupera su sensibilidad y su poder y los convierte en un estilo de vida, que en lo colectivo adquiere forma de matriarcado, mujeres tomando decisiones, mujeres eligiendo, mujeres asumiendo el liderazgo. Obviamente se trata de mujeres despiertas, mujeres que afloraron su potencial luego de conocerse y reconocerse, después de convertir la la oveja en felino y hacer de la rebeldía la planicie donde su lama insatisfecha acampo definitivamente.

El despertar de lo femenino es la re conexión con la madre tierra y la recuperación de la fuerza y del poder que ello implica. La mujer, toda mujer despierta, es tierra que camina, tierra que respira, guardiana de los secretos ancestrales que se corona, cada vez que la reverencia entroniza al corazón para que sienta y presienta, decida y visualice, encienda el fuego y germine la semilla, disuelva los antiguos temores artificialmente inyectados en su energía y liberada de todo lo innecesario, descartando cualquier mascara, para que palpite sincronizada al pulso cósmico. La mujer despierta es incesante cantera de milagros, es manantial de intuiciones, es arrasadora presencia mágica, profunda, sensual, misteriosa, ola que se mueve, transcurre y regresa, que se pierde y reaparece, incompresible, inentendible, peligrosa y simultáneamente inocente. Sucede que la mujer despierta es monzon furibundo, abolición de miedos, desmoronamiento de prejuicios, viaje a la cima de lo prohibido.

Pureza es ausencia de pudor, virginidad es pertenecerse a si misma por sobre todas las cosas, sin dejar que nadie la cosifique ni crucifique su libertad. La belleza es el enigmático idioma que habla su cuerpo para desmantelar la razón, que en vano construyo muros conceptuales de rigurosa racionalidad que colapsaron en su presencia. La mujer despierta es naturalmente inevitable, es inútil cerrar la puerta para evitar su entrar, ella, de antemano, ya estaba adentro. La mujer despierta es el misterio con ropa y la fiesta de los sentidos, el sendero de impecabilidad y el iniciatico aprendizaje en los secretos de la vida, donde es posible recordar lo que fuimos y transitar en todo lo largo y ancho de la felicidad silvestre, esa que no depende de circunstancias efímeras, sino de haber desatado la capacidad de saborear el presente  con tanta intensidad, que terminamos sintiendo la eternidad mientras el éxtasis se asoma a nuestro presente, sin ganas de marcharse.

La mujer despierta precisa rodearse sin demora de mures despertando y con ellas, confluir círculos en la noches de luna llena para cantar y danzar, para intercambiar aprendizajes y dejar que las de su libertad se acaricien y cuenten cuentos de otras realidades, cuando en suelos reales visitaron las zonas prohibidas por la razón. Un día escribí en mi diario un mensaje urgente para la mujer:

“Esconde bajo tu ropa las alas que te brotaron, deja huellas falsas, disimula tu intensidad existencial y que la danza de tu vida sea parcialmente invisible, para pasar desapercibida y solo dejar huellas cuando sea estrictamente necesario. Prepara tu energía para ocupar la totalidad de tu existencia, no importa que la incomprensión toque las puertas de tu presente, toma precauciones, camuflate y cuando sea necesario, saca tu autentico rostro y muestra el tamaño de tu libertad, a continuación reconciliate con la inseguridad y haz lo que tu consciencia decida”.

Entregar Janajpacha a la dirección femenina fue como decorar de flores el jardín que venia cultivando, es fundar una república femenina al otro lado del mundo, fusionando los secretos de la montaña con los cantos de la selva, el silencio de los desiertos con la altivez del Lago Titicaca, todo ello elevado a categoría de inevitable, con la presencia de mujeres vestidas con alas, pétalos de luz fabricando música propia, ubicados en el punto justo donde la libertad se encuentra con la inocencia y descartando el pudor, formando una rebeldía lucida, escenario preciso para que el desbordante éxtasis hegemonice la coyuntura y juntos, impulsados por la presencia femenina, descubramos que al vida es otra cosa. Janajpacha es el hemisferio donde todo es posible, incluso sentir el infinito en un instante y la eternidad en cada momento, plenamente vivido.

CHAMALÚ

(Fragmento del libro “Hijo de la Tierra”)

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